#37 De archivos y esperas
Pasado, presente y futuro, y un secreto.
Hola. Marzo ha empezado de manera extraña: muchas cosas se acumulan, y a la vez siento que avanzo muy poco en cada una de ellas. Vuelvo a las actividades mientras aún proceso ciertas experiencias y ciertos deseos ambiguos que no terminan de tener buena cabida en las palabras que puedo conjurar. Muestro una cara al mundo y otra a las sombras en las que aún se puede estar fresco y resguardado del escrutinio ajeno.
Pienso en el boletín —y, en general, en todos mis espacios virtuales textuales— como una zona relativamente intermedia, en la que puedo mostrar algo de estas penumbras a un público (que muchas veces ni sé si está ahí), pero curadas, narritivizadas. Jamás la materia prima intacta, asumiendo que algo así exista.
The center must not be shown, parafraseando (patúdamente) a W.B. Yeats1.
En este boletín en particular se presentan:
🎓 Un anuncio sobre una ponencia de medievalismo.
✍🏻 Un ensayo sobre expectativas, esperas y frustraciones de lectura.
📜 Una reflexión sobre mi voluntad archivística personal.
Ponencia en las III Jornadas Socioculturales de la Edad Media
Llegaré bastante aplastada a este evento, la verdad, en parte por mi desgaste del año pasado (en el que presenté la friolera de seis ponencias) y en parte por otras razones personales.
Básicamente, aquí retomo una pequeñísima parte de mi investigación para mi tesis de Magíster en Literatura sobre la obra de Verónica Murguía, acotada al tratamiento del bosque. Pretendo ahora explorar algo más esto desde el cruce entre el referente del romance medieval y su transformación a partir de la literatura de fantasía. (No compartiré el resumen adaptado esta vez porque aún no lo he escrito. Solo cuento con el formal que envié a la convocatoria, y al final la propuesta se fue por otros derroteros, que al menos ya describí de manera muy somera y funcional).
El medievalismo es algo que me interesa mucho trabajar más académicamente, pero no sé si sea pertinente hacerlo justo en un proceso doctoral, en el que estoy trabajando otras estéticas. Esta intervención será una pequeña excepción, porque la comprometí el año pasado.
Para la ponencia me acompañarán lindas personas en la mesa, lo que siempre es un alivio.
DATOS DEL EVENTO
📅Día: Miércoles 25 de marzo de 2026.
⏰Hora: 15:30 - 16:30 h.
📍Dónde: Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE), Av. José Pedro Alessandri 540, Ñuñoa, Región Metropolitana, Chile. Salón Juan Gómez Millas.
🪑Mesa2: Mesa 3.
🌐Programa del evento: AQUÍ. (IG de la Comunidad de Estudios Medievales de Chile, coorganizadora de las jornadas).
Ensayo: La fantasía que no esperas

Hace unos meses estaba escribiendo un ensayo que se extendió demasiado para compartirlo por aquí, como era la intención original, y eso me alegró. Su tema central discurría en torno a las expectativas de lectura, y por qué estas lastraban con particular peso la experiencia con la fantasía. Lo dejé inconcluso bastante tiempo, hasta que un suceso personal relacionado con lo anterior me hizo retomarlo y darle una segunda parte más reactiva, y ciertamente más íntima.
Fue bueno sacarse parte de eso del pecho, pero algunos de los hallazgos a los que llegué fueron muy deprimentes, porque concretizaron algo que antes solo pendía como una amenaza etérea en mi trayecto. Por fortuna, otros hallazgos vinieron a hacerle contrapeso.
En fin.
El texto lo publiqué en mi blog, como correspondía.
Los motivos personales de un archivo ídem
A veces me obsesiono con actividades laboriosas, que cualquier persona común consideraría una pérdida de tiempo o una pretensión innecesaria.
Hace un tiempo, comencé con un proyecto personal importante para mí: respaldar toooodos mis textos virtuales en documentos individuales. Siempre he creído que Internet, al menos como la conocemos, va a desaparecer más pronto que tarde, y quisiera tener ese registro de lo que he escrito, aunque sea vano, a lo largo de esta década y media, para facilitar su consulta personal.
He visto que esta intención se trata de un impulso que la mayoría de la gente —la gente normal— no tiene y que no le importuna mucho no tener, a pesar de que a mí me parece una actividad muy razonable y hasta necesaria.
Bueno, ¿y a ti qué te importa lo que hagan los otros?, podría preguntarme alguien. Normalmente, como todo el mundo, no me interesan las ausencias o mediocridades del resto, a menos que terminen afectándome a mí, como suele suceder. Y, aunque parezca extraño, este es un caso: el escaso cuerpo crítico que se ha alzado en torno a mi obra literaria o mi perfil corre el riesgo de desaparecer por la ligereza con la que sus autores valoran o protegen sus textos. En efecto, revisando algunas reseñas y entrevistas que tenía adjuntadas solo como enlaces en mi web, descubrí que estas ya no existían. En eso yo no tengo ningún control, así que aprendí a asegurarme de respaldar cuanto antes cualquier cosa que se publique sobre mí en una plataforma ajena: sé que los demás no van a tener mi dedicación de respaldo, o que soy una más entre muchas otras lecturas y entrevistas, así que debo hacer yo misma ese trabajo porque solo a mí me importa.
En todo caso, esta obsesión no es nueva en mí. Creo que parte de esto se remonta a una entrevista terrible (por mis respuestas, no por las preguntas) que respondí hace más de diez años, a propósito del lanzamiento de mi novela La niña que salió en busca del mar. Me entrevistó el equipo de una revista porteña. En su momento lo valoré mucho porque, de manera milagrosa, fueron ellos los que se enteraron de la presentación y fueron por su cuenta, sin que tuviera yo que invitarlos, perseguirlos o agasajarlos, como pasa hoy con prácticamente todos los medios cuando no eres famosa ni relevante. Así que ya en esos remotos años tuve la intuición de respaldar la entrevista en PDF: era de los primeros acercamientos serios que tenía a la prensa independiente. Poco después, la web murió y no encontré respaldo en Wayback Machine. Pero ahí tenía mi PDF. El documento no se ve demasiado bien gráficamente, pero se conservan todas las estupideces que dije entonces, que era el propósito.
Otro caso, mucho más reciente. Revisando algunas reseñas adjuntas, descubrí que había una que estaba caída y de la que había olvidado hacer un respaldo personal. Contacté a la autora y descubrí que había perdido su página web y que ella misma no tenía respaldo propio de todo el contenido que había alcanzado a subir en los últimos años. Wayback Machine no me entregó el resultado que necesitaba, para variar. Curiosamente, la autora me preguntó si no me servía como registro un reel que había hecho sobre mi libro, en el que exponía ideas similares a su texto perdido. Fue una buena pregunta, pues me permitió darme cuenta de cuán lejana me siento al formato audiovisual como cuerpo crítico3.
En terrenos más contemporáneos, creo tener un archivo casi completo de mi trabajo textual virtual. Lo que ha quedado en el camino, en general, han sido textos a los que yo misma renuncié por horribles, poco rigurosos o patéticos, y que me alegro que ya no sean accesibles (o no de formas fáciles, lo que este mundo de gente floja o no obsesiva equivale más o menos a lo mismo). En eso, tengo la satisfacción que la mayor parte de mi lost media personal ha sido eso por mi propia voluntad, no por irresponsabilidades propias o de terceros.
De pronto me pregunté entonces de dónde venía esa obsesión de registrar, archivar y respaldar todo lo que hago (textualmente). Sería demasiado vulgar atribuirle todo el autismo: hay otros autistas con perfiles neurodivergentes más o menos similares a los míos a los que esto no les importa en lo absoluto. Supongo que algunos neurotípicos también tendrán sus propios respaldos, pero no los conozco (y quizá tampoco me interese mucho, per se, lo que querría archivar un neurotípico promedio, aunque valoraría su mera intención archivística).
Creo que esto más bien tiene que ver con la forma en la que concibo el acto textual y en la que me he ido construyendo textualmente a lo largo de todos estos años.
Desglosaré algunos motivos que considero que explican esta obsesión particular.
Motivo 1: Mapa y archivo intelectual
Desde hace varios años, yo siempre he escrito mucho y extenso en Internet, con naturales fluctuaciones entre años más deprimidos o ajetreados. Esto implica que hay un archivo notorio de textos en los que, por un lado, he volcado mis pensamientos, intereses, rabias y esperanzas de momentos concretos de mi vida; por otro, he cimentado las bases de muchas ideas relevantes de mi visión autorial como Fantasista, las he complementado con otras nuevas y las he pulido descartando otras que ya no me identifican.
En otras palabras, la acumulación de mis textos funciona como un laboratorio histórico de pensamiento personal, que facilita el estudio y comprensión de mis propios procesos intelectuales.
¿De qué sirve eso? A mí me sirve para entender cuándo fue la primera vez que me incliné por alguna idea nuclear, qué sucesos contingentes personales (compartidos o privados) orillaron cambios o descartes, qué rutas esbocé y cuáles finalmente seguí y por qué, etc.
Mis textos son un mapa y un archivo intelectual de mí misma, y a su manera también artístico.
Motivo 2: Apéndice textual
Por mucho tiempo, yo no tuve nada más en mi vida que el arte y la fantasía, y, por extensión, las palabras que la sostenían. Ahora también tengo otras cosas que valoro, ¿por fortuna?, pero no he olvidado lo que me permitió seguir viviendo. Y la escritura sigue siendo esencial en toda mi existencia, desde mis obras literarias más preciadas a la reseña más escueta que hice sobre un libro que en su momento me conmovió pero del que no supe decir más.
Esta dependencia al texto me hizo volcar mucho de mí en cada palabra: energía, emocionalidad, desgarro. No digo que eso implique en sí que mis textos tengan valor intrínseco solo por eso, obviamente, sino que en muchos de ellos hay un valor personal marcado por esa intensidad, aun si esta llegó incluso a interferir con la claridad, sentido o mérito de la forma y del contenido.
A diferencia de los corpus de escritura de otras personas, mis textos no son funcionales, empatizables o ingeniosos, como yo misma no soy ninguna de esas cosas. Mis textos tienen ideas, progresos y, quizá, alguno que otro aspecto que podría ser interesante para alguien más. Pero también son, muchas veces, reiterativos, obsesivos, rabiosos, plagados de falacias lógicas, sesgados.
No me importa.
Mis textos son como un apéndice textual de mí.
Motivo 3: Cofre de memoria
Perder y preservar textos no es “importante” en el gran esquema de la existencia, claro. Pero, cuando en tu vida te has visto orillada a perder muchas cosas materiales que eran valiosas para ti por culpa de otros, por su maldad o negligencia, te preguntas qué es lo que sí puedes proteger.
En mi caso, la escritura ha sido históricamente de las pocas cosas que he podido conservar por mis propios medios desde mi adolescencia, con matices (no digamos que la Internet o los medios tecnológicos en sí sean el mejor medio de resguardo…). La escritura, principalmente la virtual, no ocupa espacio. No pesa casi tampoco, en términos informáticos: en el propio campo, suele tener una dimensión bastante leve respecto a otro tipo de archivos. Eso permite respaldarlas en diversos medios: pendrives, nubes, correos.
Mis textos son un cofre de mi memoria de vida, uno que puedo acarrear conmigo donde quiera que las caprichosas mareas del destino me arrojen.
Motivo 4: Espejo de palabras
Las personas normales son, existen, de facto. Fuera de las experiencias tradicionales de conformación de la propia identidad y madurez, con todas sus complicaciones inherentes a la naturaleza humana en nuestra sociedad, no suelen ver cuestionadas en lo que son o lo que aman.
En mi caso, yo he tendido a definirme desde mi resistencia al cuestionamiento, al desprecio y la Gran Tragedia. Yo no debería estar aquí, escribiendo estas líneas: si todo hubiera sido como pudo ser, yo habría muerto por mi propia mano, hace ya muchísimos años. Pero resistí y permanecí, por la Palabra y la Fantasía.
Por supuesto, con los años, otras cosas y personas me han ayudado a darle belleza y sentido a la vida. Pero en el momento más oscuro, terrible y solo no tuve a nada ni nadie más. Eso no lo voy a olvidar nunca.
El reverso de la vida que me obsequió la escritura y la fantasía es que, también, me regaló un espacio en el que al fin pude encontrar valor en empezar a ser, como un ser humano. Un espacio de conformación humana íntima y personal, y de posterior expresión y exploración, al fin bajo mis términos. Gracias a la escritura, pude crearme y recrearme narrativamente, fuera de lo que los otros veían o proyectaban sobre mí, y que no solía ser positivo. Aún lo hago.
Mis textos han sido por mucho tiempo el espejo al que he ido a reflejarme para recordar quién he sido o soy, o quién deseo ser.
***
He escrito este nuevo texto, que procederé a respaldar también, como todos los demás, porque he terminado releyendo de manera discontinua pasajes de los otros, a medida que iba archivándolos. Debido a razones personales, no conservo casi fotografías de mí misma a lo largo del tiempo, sobre todo de cuando era más joven. Supongo que este gesto de remirar mis textos es lo más parecido que tengo de repasar un álbum de fotos y recordar, desde una amalgama confusa de sentimientos, quién he sido.
Me pregunto ahora si este archivo podrá servir también como proyecto de futuro. En la medida en que he podido repasar pensamientos y vivencias pasados, he notado con más nitidez sus recurrencias, falencias y marcas. ¿Deseo llevarme todo o parte de eso más adelante? De ser así, ¿qué cosas, y por qué? ¿Qué materias abandonadas debiera retomar? ¿Qué es lo que no he explorado aún? ¿Qué me falta para llegar a ello?
He aquí un motivo que no he explorado aún: el archivo como hoja de ruta.
Por supuesto, no llegaré nunca exactamente a donde esperaría llegar. Esa es la gracia, supongo, como he esbozado también en el ensayo adjunto en este boletín. Pero creo que cualquier armazón de palabras que logre plantar me ayudará en algo, incluso si termino por territorios completamente insospechados.
De joven, nunca esperé encontrarme en la posición en la que me encuentro. De hecho, en realidad no esperaba encontrarme como tal, en el sentido de haber sobrevivido a una edad tan adulta como la que ahora porto. Entiendo que la vida es frágil, pero siempre pensé que yo misma terminaría sucumbiendo ante la tentación de reclamar su destrucción.
Porque ¿qué me esperaba, basándome en la ruta por la que ya me había arrastrado?
La miseria me ha acompañado desde que nací, como a cualquier persona infortunada, y nunca esperé otra cosa que su continuidad. Claro que hay formas de desgracia que no logramos ni lograremos nunca anticipar: el Mal posee una imaginación muy retorcida y singular. Pero no se compara con la imaginación del Bien; no esperé otras gracias que me vinieron en el camino4.
Espero que el futuro pueda llevarme a textos también insospechados, siempre desde las grandes estrellas cardinales de mi vida: la fantasía, la literatura, el arte y las cosas lindas, desgarradoras y esperanzadoras en general.
O quizá desde alguna otra que ahora ni siquiera podría imaginar.
Por ahora, habito este presente con una disposición medio turnia: un ojo al pasado y otro al futuro. Recuerdo de dónde vengo y proyecto adónde quisiera ir. Pero no debo olvidar también tomar conciencia de la tierra bajo mis pies y ordenar a mis piernas moverse: un paso detrás del otro.
El pasado es el camino, el futuro el horizonte y el presente el acto mismo de caminar.
Con esto acabo el boletín.
Por alguna razón, siento que el tono general me ha salido un poco deprimente. Pero no me siento mal, creo; más bien sospecho que solo estoy muy cansada y en un estado de parálisis ante tareas muy grandes, como el inicio de la propia tesis doctoral. También siento esa tensión de buscar otros senderos, como comenté al inicio del boletín, y que se expresa como un anhelo que igualmente paraliza porque está concentrado en reunir muchos mapas secretos en el interior.
Ese también es mi presente, en lo que logro retomar el paso hacia delante.
Hasta más adelante.
Errata: en el post original, le atribuí el verso a T.S. Eliot, pero es de Yeats… Perdón: lapsus mío. Pero díganme si no parece algo que habría escrito Eliot, eh…
No sé si se habían dado cuenta de que uso el emoji de una silla para ilustrar las mesas (académicas). Sucede que no hay emojis de mesa y me pareció que la silla sería lo más cercano??? Jajaja. No sé qué otro emoji podría ser mejor.
Tampoco he respaldado, por cierto, mis entrevistas en video. No soporto la idea de tener que mirarme y escucharme. Supondría que esto es algo muy común, pero con la masiva y horrorosa popularidad de gente grabándose con las caras encima de las cámaras en TikTok o Instagram no estoy tan segura.
A mí no me gusta ver caras en general, en este tipo de plataformas. Lo que a mí me interesa es el texto. Por eso no sigo boostagrammers que le hablan a una cámara con sus caras, por ejemplo.
He estado a punto de escribir que no entendía por qué las había recibido, y me asombré de mi propia tontería: precisamente por eso se llaman gracias. No son cosas que se merezcan, sino que las recibes como regalos. No necesitas una razón concreta para regalarle algo a alguien a quien quieres, fuera de hacerle feliz por un momento.





Yo llevo años respaldando textos porque llevo años perdiendo información en Internet, me parece el lugar menos fiable, sean sitios propios o ajenos. Ya sea porque el lugar que los sostiene migra o muere (como pasó con Tinyletter por ejemplo, que fue lo que me trajo a Substack) como cualquier virus o hackeo (la revista que tuve vivió un ataque y en una hora perdidos 2 años de escritos).
Tú no me ves (porque ya dijiste que es un formato que no disfrutas y que no entiendes) "felizmente" grabando reels y TikToks, pero me da mucho cringe hacerlo 😅 es un formato al que me he obligado y quizá ya desensibilizado —en el sentido de que ya puedo editar me sin estar obsesionada con que soy yo y es mi voz y ay, auxilio— pero prefiero tanto la palabra escrita, rodearme de mis cuadernos y mis libros. Aparte desde que hago videos veo que tengo menos energía para escribir en mis espacios virtuales.
Sigo pensando que la escritura es un lugar de resistencia. Y no me conoces más allá de lo que la pantalla nos deja, de lo que tú dejas ver, pero me alegro que el Mal no haya vencido, que pueda leerte, que aquí estés. Que escribas y que lo que dices, aunque parezca deprimente, resuene tanto. Sigue escribiendo, sigue resistiendo. Acá te sigo leyendo.
Lo de respaldar los textos me pareció algo muy importante, excelente idea que considero haré también. Más que nada por el tercer motivo, en mi caso.