#38 Plantar semillas de dragones
Sobre entregar algo como escritores en nuestros eventos públicos.
Hola. El mes anterior participé de un par de eventos, pero no alcancé a anunciarlos en el boletín, así que ahora los compartiré de manera conmemorativa, a modo de mini crónicas, junto con otro anuncio y la reflexión de este número.
En este boletín se presentan:
📜 Sendas crónicas sobre mi participación en dos eventos literarios.
🎤 Una invitación a un nuevo evento dedicado a la ficción imaginativa.
🎁 Una reflexión sobre entregar algo en nuestras participaciones públicas como autores.
Recuento de evento: “Versos y voces. Encuentro entre relatos”
El 16 de abril de 2026, en la Librería Inquieta, participé de una modalidad que me ha sido poco habitual: una lectura abierta colectiva1. Compartí espacio con dos escritores imaginativos que ya conocía, Donald McLeod (que es también mi editor en Imaginistas, a quien llamaré a continuación Doni) y Soledad Véliz, y una autora que conocí en este contexto: Estéfani Díaz.
Al principio, los aspectos pragmáticos de la invitación me supusieron algunas complicaciones: como el evento anterior había sido pensado desde la poesía, me encontré con que no tenía ningún texto breve e íntegro que me convenciera y que se ajustara al tiempo aproximado del que dispondría para leerlo en voz alta.
No escribo “cuentos cortos”. Ya no me gustan. La fantasía necesita expansión, y si el formato de cuento de por sí es bastante restrictivo, al menos mis narraciones “breves” tienden siempre a extender un poco más de lo habitual de lo que vemos en varias compilaciones.
Finalmente, elegí el cuento “La niña de oro” de mi antología Antaño y lo edité con post its en el libro impreso para marcar qué partes debía omitir de mi lectura. Más artesanal, imposible. Creo que mi trabajo de edición forzada resultó bien —alguna vez trabajé mucho en eso en contextos educativos editoriales—, aunque posteriormente un asistente (entusiasta lector mío, por lo demás) me dijo que se había notado que había dejado mucho atrás :( Pero no quería presentar inconcluso el cuento, que tenía patrones que se repetían constantemente y que necesitaba que se mantuvieran hasta el término de mi lectura. Así que estimo que, dentro de todo, hice lo mejor que pude.
Mis compañeros leyeron fragmentos e historias íntegras. Los cuentos de Doni y Soledad compartieron un interés en la corporalidad y en su minuciosa —y en ocasiones escabrosa— descripción, abarcando juntos un espectro general entre la fantasía animal-naturalista y el horror. El cuento de Estéfani, leído a través de un bello libro objeto, fue un íntimo y triste relato del descubrimiento lésbico de su protagonista, que su autora leyó con su cadencia de narradora oral.
Nuestras intervenciones dieron pie a un trabajo de cadáver exquisito con los asistentes, quienes libremente pudieron elegir diferentes materiales de escritura para completar una historia colectiva en un lienzo.

Fue una instancia muy bonita para conocer las historias de los compañeros y hacer participante también al público. Destaco que todo apunta a que fue gestada con mucho amor por sus organizadoras, Astrid Donoso, Amparo Arias y María José Figueroa, algo que se agradece mucho en tiempos tan difíciles para Chile y el mundo.
Recuento de evento: Charla en Colegio María Auxiliadora

Hace un tiempo, en Chile se hizo viral un hallazgo curioso: un colegio nacional había incluido nada más ni nada menos que el manga de Frieren en un plan lector. Esto suscitó todo tipo de reacciones en redes: desde gente a la vez entusiasta con el presente educativo y a la vez rencorosa de su propio pasado escolar, poblado de lecturas insulsas y normativas, hasta gente despectiva e ignorante que reprochó esta inclusión sin conocer ni entender su contexto.
En general, muchas de estas personas no tenían ningún conocimiento ni experiencia profesional como docentes de lenguaje, bibliotecarios escolares o mediadores de lectura, así que varias opiniones surgieron desde preconcepciones bastante erradas. Sin embargo, la viralidad de este caso generó una discusión interesante en sí misma, que apeló a un público amplio en torno a un tema que pareciera que a nadie importa demasiado: la lectura en espacios normados.
La cosa es que este colegio era el establecimiento educativo donde se había formado Natalia, una amiga ilustradora, y ella se puso en contacto con Tiare, la docente a cargo… ¡quien conocía mi trabajo! Como mediadora, mi amiga estableció este nexo y de ahí surgió una bella posibilidad: asistir como escritora en el contexto del Día del Libro.
La invitación me hizo muy feliz: no suelo ir a colegios como autora, pues no me suelen invitar2. El María Auxiliadora en particular es un establecimiento católico de niñas. En él, la profesora Tiare se encargó de seleccionar a un grupo de estudiantes que escribían y que habían leído algunos cuentos míos para asistir a mi presentación.
Mis instrucciones para la charla fueron que compartiera mi experiencia como escritora de fantasía nacional, con aciertos y dificultades en mi trayectoria que pudieran resultar de inspiración a las niñas. Me gusta mucho este marco de trabajo porque siento que puedo redimir mi propia adolescencia, etapa en la que nunca tuve ninguna visita de un escritor que me interesara (o que él o ella mismo/a fuese interesante).
Cuando finalmente me planté ante las niñas, comencé mi presentación comentando eso: porque yo no tuve nada de esto de muchacha, quiero entregarlo a otras chicas.
Es lo mismo, a su manera, que con mi literatura: quiero que mi fantasía haga en otros lo que la fantasía de grandes autores hizo en mí, en los momentos más difíciles y desamparados. Salvarme.
La efeméride del Día del Libro en el colegio, en general, fue muy bella, pues estuvo dedicada totalmente a la fantasía. Nada más entrar al establecimiento con mi amiga, quien fue mi guía por Valparaíso, tuvimos que cruzar ropa tendida que simulaba el ropero de Narnia… ¡Fue una experiencia preciosa!
Nunca me había sentido tan bien recibida en un colegio, desde un código que me apelaba profundamente de niña y joven: Lucy, la Pevensie indómita, la primera (en términos de la cronología de publicación de Narnia, se entiende) en cruzar umbrales y amar otros mundos.
Las niñas pequeñas aparecieron vestidas de hadas, listas para compartir un picnic mágico. Las chicas más grandes estaban también disfrazadas de distintos personajes mágicos. La profesora Tiare misma se mostró ataviada a tono con la celebración, y en nuestras breves conversaciones descubrí que todo este despliegue textil trascendía el ornamento: era integrante de un smial Tolkien y además estudiaba un magíster local en literatura, en el que estaba muy aproblemada por la falta de buena disposición (y conocimientos…) de parte del panel académico en torno a narrativas no normativas, como la literatura juvenil y —por supuesto— la propia fantasía. Le ofrecí entoncesmi ayuda, que espero poder brindarle en la medida de sus necesidades (y de las posibilidades de su universidad). De su parte recibí también un bello y significativo presente: un journal temático de Tolkien para escribir en él.
En suma, tuve una muy linda experiencia. Las chicas fueron atentas e hicieron preguntas muy curiosas: por qué me/nos atraían los dragones, cómo podíamos los escritores llegar a desarrollar un estilo propio (esta no me la han preguntado ni gente adulta del medio), qué otros autores me habían influenciado…
Dejo para el final una pequeña anécdota. Cuando me disponía a retirarme del colegio con Natalia, quise sacarle una foto a la entrada con la recreación del ropero. Sin embargo, descubrí que ya habían desmontado esa instalación en particular. Sentí entonces que, al margen de explicaciones racionales, había sido para mí como un (¿involuntario?) acto de magia: algo destinado a experimentarse una única vez, sin posibilidad de registro más que en la propia memoria.
La fantasía había salido a saludarme, y ahora se retiraba junto conmigo…
Evento: Conversatorio en Festival Ficticia
Estaré participando en el estreno del Festival Ficticia, coorganizado por las editoriales chilenas Imaginistas, Desastre Natural, Imbunche y Astartea, todas dedicadas la ficción imaginativa, y a realizarse en el espacio cultural La Planta.
El festival tiene como propósito (parafraseo de sus gráficas) “reunirse en torno a lenguajes para imaginar otros mundos posibles y tensionar el nuestro”. Estará articulado a través de conversatorios, una lectura performática y la presentación del premio “La Garra”, a entregarse a un cuento elegido a partir de todos lo publicados en la revista IMAGI de Imaginistas.
En mi caso, participaré (OBVIAMENTE) en el conversatorio dedicado a la fantasía, con un panel de ensueño:
Joseph Michael Brennan, autor de la exitosa y premiada saga Las memorias del Juramento, bella fantasía épica nacional que me hizo recuperar la esperanza de seguir encontrando historias valiosas en este terruño.
Emilio Araya Brugos, el escritor que me devolvió a la fantasía, que me mostró con su propia obra (en particular con su novela Schmetterlinge. Mariposas) que se podía escribir fantasía desde un mundo primario intervenido y que hace cada uno de mis días, como escritora y persona, más esperanzadores y dulces.
Nataschia Navarro Macker, joven autore de la que amé su preciosa novela Las flores crecerán sobre mi cuerpo y de quien espero leer muchos futuros trabajos deslumbrantes.
¡Espero mucho poder conversar con todos en este espacio!
Dejo las coordenadas de encuentro:
DATOS DEL EVENTO
📅Día: Sábado 9 de mayo de 2026.
⏰Hora: 17:30 - 18:15 h (nuestra mesa).
📍Dónde: Centro La Planta, Santa Isabel 0165, Providencia, Región Metropolitana, Chile.
🪑Conversatorio: “Construir mundos. Lenguaje, imagen y poder”
🌐Programa del evento: AQUÍ. (IG de Festival Ficticia).
Plantar semillas de dragones

Mis dos eventos literarios del mes fueron muy diferentes en contexto y enfoque: una lectura pública en una librería y una presentación de mi experiencia como escritora de fantasía en un colegio de niñas en Valparaíso, en el contexto de la efeméride del Día del Libro. Sin embargo, ambos compartían algo muy valioso, además del marco celebratorio por este mes y de la propia fe en la figura del escritor y de su literatura, en tiempos tan adversos a la belleza y al arte en general: los dos fueron eventos comunitarios, en los que los autores participantes abrimos nuestro espacio privado para compartir algo de nosotros con la audiencia, así fuese nuestra ficción o nuestro recorrido personal.
En mi juventud, nunca me consideré una persona comunitaria por una razón muy simple, algo espeluznante: estaba (esencialmente) sola, nadie me quería (de verdad, como individua, menos aún como escritora). Lo que yo concebía como “comunidad” entonces era un grupo de gente toda parecida entre sí, y que por ello tendía a arrejuntarse orgánicamente para hablar de las mismas cosas, con el mismo enfoque, y para crear fuerza colectiva que compensara, desde la hipertrofia social, su falta de talento e identidad individuales.
Grupo de gente en el que, obviamente, yo no estaba incluida. En parte por mi propio desinterés en personas que consideraba genéricas y en parte por el desprecio que ellas me destinaron por no sentir afinidad a sus temas y formas de vida. En el mejor de los casos, me ignoraban y dejaban de considerarme para sus iniciativas colectivas asumiendo que no me importaba nada y que no valía la pena pensar en otras miradas para integrarme. En el peor… Imagínense (o recuerden, si entienden desde la experiencia lo que estoy tratando de escribir).
Pero el tiempo lentamente me fue demostrando que eso no era una verdadera comunidad. La comunidad no son, necesariamente, tus amigos, o la gente con la que sales de fiesta y pasas el resto y que te dice siempre eri seca, amiga sin jamás llegar a leer nada de lo que haces. La comunidad es propositiva y constructiva, en torno a algo más trascendente en común: un proyecto de vida (un arte, una cultura), un territorio, una lucha o una desgracia compartida transversalmente.
A veces, además de amigos o gente que respetas o valoras mucho, puede estar compuesta por gente indeseable o con la que has tenido o tienes roces, pero que pertenecen a tu mismo campo de acción. Que, te guste o no, están construyendo junto a ti. Construyendo algo que tal vez no te interese, o te disguste profundamente, o que tal vez hasta atente en parte con lo que tú estás tratando de armar. Pero esa gente está también ahí, dentro de una misma esfera.
Por otro lado, la comunidad también pueden ser esas personas que no conoces y que sin embargo asisten sistemáticamente a eventos diversos en los que sueles participar. Quizá es gente que en principio no tiene ningún interés en ti o en tu obra, o que quizá nunca lo tendrá, pero que acaso recoja algo de lo que dijiste ahí, en el calor de la charla compartida, para darle vueltas. En el mejor de los casos, se quedará pensando y reformulará su forma de ver algo, lo que quizá eventualmente le despeje el camino para acercarse con menos prejuicios o barreras a la fantasía, o incluso a tu fantasía. En un mal caso (ya me ha pasado), te malinterpretará y te criticará injustamente, pero al menos eso habrá significado que lo que le dijiste le remeció de alguna forma, y quizá eso sea suficiente de esperar de cierto tipo de gente.
Yo, que siempre he sido una persona solitaria, y que he vivido siempre mi literatura de ídem forma, me encontré con los años participando en un sentido de comunidad literaria al comenzar a ser invitada a todo tipo de eventos colectivos públicos: charlas, conversatorios, paneles de discusiones, lecturas abiertas.
Para cada una de estas instancias, tomé siempre la responsabilidad de prepararme de antemano. Primero pensé que lo hacía solo para reducir la ansiedad que me suponía, como persona introvertida, desenvolverme abiertamente ante otros. Pero luego comprendí que también lo hacía porque, ante todo, pensaba justo en esos otros: no quería que mi introversión supusiera un problema para lo que quería enseñar, y deseaba que tuvieran la experiencia de ver una intervención sólida de mi parte (o al menos todo lo sólida que pudiera conseguir comunicarles en el momento).
Más importante aún, el tiempo me hizo descubrir que, contrario a lo que hubiera temido alguna vez, disfrutaba mucho de estas instancias.
También tuve dos fases de introspección ante este hallazgo. Primero pensé que se debía meramente a mi egocentrismo: me encanta hablar de mí (como escritora), de mi obra y de la fantasía que me importa, y por supuesto que gozo de contar con espacios abiertos para hacer públicamente estas cosas, sobre todo considerando cuánto se me negó esa posibilidad cuando era joven y cuánto sufrí por ello.
Pero luego pensé también que había un reverso a mi ego: me gustaba la idea de entregarle algo al público asistente, principalmente la posibilidad de ver, como yo, la fantasía como un arte que vale la pena todas las entregas, todas las gracias y las penurias. Recibir comentarios de otras personas en esa línea acogedora o de reconsideración de alguna cosa relacionada con la fantasía tras mis palabras, en diferentes contextos públicos, me ha hecho muy feliz. Desde luego, se trata de una felicidad diferente a la del acto en sí de escribir fantasía con los ojos brillantes por las lágrimas, pero una que igualmente me ha resultado dulce y valiosa.
Con todo, no habría logrado entender el peso de esta otra dicha hasta que Doni me compartió una anécdota personal. En esta, él me presentó con gran lucidez una visión en torno a lo que encierra una intervención pública de un escritor, una en la que nunca había pensado antes. Fuera del contexto privado en el que me comentó este pensamiento, quisiera destacar lo que me parece más trascendente: la idea de que el espectador que asiste a un evento cultural abierto, en el que se presentará un escritor, está buscando algo valioso que llevarse consigo.
Parece obvio, ¿verdad? Para mí no lo fue tanto. Yo misma, antes de ser publicada formalmente (e incluso tiempo después), nunca me permití entregarme de manera pura a esas experiencias. Iba a pocos de estos eventos, y si bien cuando lo hacía también buscaba algo, no se trataba esta de una búsqueda honesta. Más que escuchar al autor o autora que estaba a la palestra, hablando de su trabajo o compartiendo su obra, estaba escrutándole: no me interesaba tanto experimentar este gesto de apertura como juzgarle.
Escribe y habla peor que yo y está ahí. No sabe qué decir de la literatura, ni cómo responder a esta pregunta tan básica, o incluso se burla de los participantes, y está ahí y es celebradx. No parece tan diferente de mí en la superficie. ¿Por qué entonces está ahí y yo no?
Mi miseria absoluta en estas recriminaciones privadas —y muy vergonzosas— me impedía contextualizar y neutralizar estos episodios: por supuesto que hay muchos escritores que no tienen mucho que aportar, desde los términos que siempre me han interesado, pero eso no tiene nada que ver con su presencia en sí. Ellos están ahí por otro tipo de público, que sí encontrará el valor que yo no he podido ver nunca, y que tampoco importa que vea. Muchos de esos escritores están en palestras importantes y muy concurridas porque cuentan con vínculos poderosos; el valor literario en sí mismo rara vez es un condicionante relevante, o la única estimada. Siempre ha sido así y siempre lo será.
Por otro lado, a veces estas situaciones eran del todo contextuales: justo un grupo de gente afín coincidió en algo en lo que tú no pudiste estar. Qué lamentable coincidencia, ¿no? Pucha.
Recuerdo una fila eterna que tuve que hacer hace varios años para obtener mi pase de estudiante, en un contexto universitario: justo el grupo de chicas desconocidas que estaba como dos personas adelante de mí hicieron buenas migas y rieron mucho durante todo el rato de espera, que fue mucho, y que para ellas probablemente se sintió menos abrumador entre sus risas. Probablemente yo no hubiera podido hablar con tanta largueza como ellas, y quizá ninguna de ellas volvió a verse nunca más tras ese encuentro fortuito —a lo mejor ya ni siquiera se acuerdan de este episodio, como lo hago yo—, pero me hubiera gustado haber estado más cerca y haber sido, al menos, una oyente directa durante ese lapso acotado de tiempo.
Mi vida en la literatura, durante esa época juvenil, se parecía un poco a eso: estar siempre más atrás del espacio donde otra gente se junta y arma cosas, y en donde todos parecen calzar y colaborar de maneras complementarias.
Por supuesto que esas circunstancias de aislamiento forzado y, en principio, inefable, crean resentimientos y actitudes miserables, de no contar con un trabajo introspectivo adecuado. Pero, en retrospectiva, creo que en mi caso muchas de esas expresiones horribles y patéticas tenían un correlato de frustración por algo bueno que no podía (no se me permitía) compartir:
¿Por qué yo nunca puedo estar ahí, si tengo tanto, tanto que entregar?
En la medida en que pude ir sanando (muy) lentamente algunas de estas miserias interiores y concentrando mis energías en lo único verdaderamente importante, mi propia obra, con los años empecé a escribir historias diferentes, a encontrarme con personas más dispuestas a acogerme a mí y a mi trabajo y a descubrir o crear espacios nuevos en los que ¡por fin! lo que tanto quería entregar podía ser compartido.
Dos consecuencias puntuales de este esforzado recorrido se vieron reflejadas en estos eventos que he descrito antes, pero en realidad, a estas alturas, ha sido ya todo un desglose de eventos a lo largo de los años. Ristra de eventos que al fin logré resignificar desde las palabras de Doni.
Quizá yo nunca sea una escritora particularmente sociable, simpática o interesante (desde ciertas perspectivas ajenas: yo misma me considero muy interesante), pero sé ahora que una de mis formas de estar en comunidad pasa por poder habitar estos espacios colectivos y dar lo mejor de mí como Fantasista para que los asistentes se lleven al menos un jirón de sentido de maravilla.
En oportunidades anteriores, he usado la metáfora de las semillas arrojadas al destino. No había caído en la cuenta, hasta que mi esposo me lo señaló un día, que podría tratarse de una alusión a la parábola del sembrador.
Para no espantar a los anti religión con estos símiles, y a la vez entroncar con el imaginario fantasista, rescataré para estas experiencias una imagen bonita que le presenté a las niñas del María Auxiliadora al final de mi charla ante ellas: semillas de dragón.
Parafraseando el parlamento de The Legend of Zelda, les dije (parafraseo otra vez):
La vida a veces puede ser muy peligrosa si vas sola. ¡Llévate un dragón!
Creo que esa imagen es la que más me representa en estas participaciones: cada una de mis palabras pronunciadas es como una semilla de dragón arrojada a los oídos de los asistentes, con el anhelo de que puedan florecer con sus llamas en sus corazones.
Sé bien que vivimos en un mundo que normalmente desprecia la fantasía, los dragones y todo lo que es hermoso e importante. Sé que parte del destino de ser un escritor menor que publica y que habla abiertamente de lo que escribe y piensa y ama desde su literatura e imaginación implica que muchas de sus semillas estén condenadas a perderse en corazones yermos, o meramente incompatibles con las condiciones necesarias para que germinen dragones en ellos.
Pero la fantasía en la que creo me compele a continuar. Yo soy un ser humano débil y finito, pero el fuego dragonil es imperecedero. Algo más grande que yo me mueve; yo soy apenas su herramienta. Las semillas que estén destinadas a germinar lo harán igualmente, desde mis palabras o desde las de otros. Pero claro que desearía que fueran mis palabras las que consiguieran a veces algo de este propósito, y por eso también continúo desde lo que es muy mío.
Espero poder seguir haciéndolo por mucho tiempo más, en la medida de mis posibilidades y de las de quienes quieran ayudarme a ello.
Aunque no lo crean, lo que más he leído en público han sido poemas, y en los lugares más insólitos posibles. Pero esto fue hace muchísimo tiempo.
En realidad, la primera vez que me invitaron a un colegio a hablar como escritora fue al mismo establecimiento donde yo estudié. Pero sufrí enormemente ahí, y al menos en el prolongado tiempo en el que estuve encerrada en sus paredes (los 12 años de escolaridad completa…), nunca sentí que valoraran la literatura. Desde luego que a mí, que empecé a escribir formalmente a los 14, tampoco me valoraron como aprendiz de autora. Supongo que me veían como una anomalía, en los escasos momentos en que pudiesen acordarse de mi existencia: “ah, sí, la niña rara y fea [y pobre] que escribe cosas como el señor de los anillos y harry potter”.
¿Por qué me pedían ir ahora como escritora, si no creyeron en mí como tal en la etapa en la que más necesité de una validación y apoyo honestos, contundentes?
Decliné protocolarmente la invitación.





